Un toque de twist norteamericano, una pizca de la
tuntuna yungueña, otro tanto del k'usillo andino y listo. Una de
las danzas folklóricas más representativas del país,
los caporales, nació así hace más de 30 años
de la inquieta imaginación de los miembros de la familia Estrada
Pacheco.
Fue simple, "nada de complicados estudios antropológicos
ni profundas investigaciones históricas", confiesa con un dejo
de ironía Víctor Estrada Pacheco, quien atesora aquellos inicios
en un archivo de fotografías en blanco y negro que cuelgan en las
cuatro paredes de su sala. Junto a esas imágenes, un clavo resguarda
el traje original de caporal con el que hace tres décadas Estrada
encandiló, junto a los integrantes de la Fraternidad Urus, a los
espectadores de la entrada del Gran Poder.
Esa vestimenta lleva tres años acumulando polvo en sus pliegues,
pero no porque el tiempo haya dominado las dotes de bailarín de Estrada.
Víctima de una insuficiencia renal, los cadenciosos pasos del danzarín
de 57 años están ocupados ahora recorriendo los pasillos del
Hospital General, con el único objetivo de mantenerse con vida.
Propuesta
"made in" Chijini
"El folklore es para indios". Esa idea predominaba en gran
parte de la sociedad boliviana a comienzos de los años 60.
Entonces, las expresiones folklóricas se manifestaban casi
clandestinamente en las calles de las laderas de la urbe paceña.
Es precisamente en esos años que Víctor caminaba por
las arterias de Chijini con parlantes y una surtida colección
de discos de moda para amenizar fiestas juveniles.
Claro, su pasión por las expresiones folklóricas -infundida
por sus padres, reconocidos promotores del Gran Poder- provocaba que
de rato en rato el adolescente incluyera en el repertorio musical
alguna que otra ilustre morenada.
"No gustaba..., la gente comenzaba a silbar al escuchar los primeros
acordes", recuerda sonriente.
Pero más que la música, la obsesión de Víctor,
sus hermanos y un grupo de amigos del barrio Chijini eran las danzas
folklóricas, en especial las autóctonas, que por esos
años eran muy poco conocidas. Con el característico
ímpetu juvenil, los jóvenes formaron un cuerpo de baile
que se presentaba en peñas y teatros con las danzas del k'usillo,
kullawada y kallawaya.
Pero
no fue hasta la presentación de los negros de Tocaña
-a fines de los 60, en La Paz- que la familia Estrada Pacheco decidió
arriesgarse e inventar una nueva danza, inspirada en la vestimenta
y la música de los afrobolivianos. Reconocido empresario de
espectáculos fue Alberto Pacheco el primero en ser seducido
ante los cadenciosos ritmos y danzas de los descendientes de África.
Decidido, Pacheco gestionó la actuación de los yungueños
en La Paz. "Los comunarios le dijeron que debía pedir
el consentimiento del capo, el caporal; un viejo negro de buzo, blusa
y sombrero de ala ancha". Además, "tenía un
machete y dos cascabeles en las botas con los que anunciaba su presencia",
dice Víctor Estrada, sobrino de Pacheco.
"'¿Cuánto nos va a cobrar?', le interrogamos al
caporal, y él nos dijo que no quería dinero, sino latas
de sardina Lombarda. Y se las dimos". Así, en 1969 la
ciudad de La Paz presenció por primera vez las expresiones
de los afrobolivianos. Y los más de 35 comunarios de Tocaña
causaron una gran sensación.
"Días más tarde de esa actuación,
nos reunimos para dar vida a una nueva danza que fuera tan alegre y espectacular
como la de los negritos", explica Vicente Estrada, hermano menor de
Víctor.
Ese día se elaboró el diseño de los trajes, confeccionados
luego de forma artesanal por Víctor Estrada. Su hermano, Vicente,
tomó la batuta del grupo y se encargó de recoger las ideas
de sus miembros.
La indumentaria era sencilla. Elaborado con tela charmé, el traje
consistía de un buzo blanco y una blusa roja de manga ancha, ambos
adornados con escasas lentejuelas. Además, los diseños incluían
una faja negra, un sombrero de paja de ala ancha y botas negras con dos
cascabeles. La pieza final era un látigo, en vez del machete original.
La secuencia de la danza del caporal fue aún más difícil
de idear. Pasos saltados con pies en la rodilla, piruetas, volapiés,
cruces de pies... Al final, "creamos seis figuras en la casa de mi
padre, debajo del puente Abaroa", explica Vicente.
Hoy, como en toda historia de este tipo, los hermanos Estrada Pacheco muestran
sus diferencias a la hora de recrear aquellos días. Así, la
creación de la música, por ejemplo, divide sus muchos recuerdos.
Víctor afirma que fueron los integrantes de Los Payas los primeros
en componer los ritmos del caporal con los sonidos de la tuntuna, ritmos
que luego fueron copiados por una banda. Por su parte, Vicente aclara que
la música fue compuesta originalmente por una pequeña banda
sin mucha experiencia, llamada Las Sombras Fantasmas, del pueblo de Tiwanaku.
Según el folklorista, los músicos construyeron el pegajoso
ritmo caporal imitando con sus instrumentos los tarareos y los silbidos
de los jóvenes bailarines.
Lo cierto es que luego de largas y extenuantes jornadas de prácticas,
y algunas esporádicas presentaciones, los hermanos Estrada Pacheco,
junto a más de 100 bailarines, conformaron la fraternidad Urus y
tomaron la decisión de llevar su danza al evento folklórico
más importante de La Paz: la fastuosa entrada del Señor del
Gran Poder.
El
inicio de la leyenda
"Así se baila, así se canta la danza del caporal.
Somos los Urus, somos los Urus muchachos de corazón". Con
esa lírica, creada por Santos Pacheco, la Fraternidad Urus ingresó
en 1972, con su innovadora creación, en el Gran Poder.
"Fue toda una sensación, algunos nos veían con la
boca abierta, sorprendidos. La gente se levantaba de sus asientos y
trataba de imitar los pasos", rememora René Quisbert, entonces
de 17 años. Ese año, el grupo de jóvenes obtuvo
el primer premio, el Carmen Rosita. Y el éxito se repitió
durante los siguientes años.
"La gente nos esperaba por toda la avenida Buenos Aires y cantaba
con nosotros nuestras letras. Muchos jóvenes venían y
nos rogaban para ingresar a la fraternidad, pero ya no se podía
recibir tanta gente", resume Eddy Pacheco, quien no dudó
en renunciar a su trabajo sólo por marcharse de gira con los
Urus. La recién nacida danza del caporal repercutió en
el exterior y la Fraternidad Urus recibió su primera invitación
para salir del país. Fue en 1975, para celebrar el aniversario
de la ciudad peruana de Cusco.
Fue precisamente en ese viaje donde la fama de Wálter
Tataque Quisbert, entonces de 17 años, comenzó a ser labrada.
"La primera vez que entró a la sala de ensayos las chicas gritaron
de susto", recuerda Vicente Estrada, quien confiesa que fue una tarea
titánica "doblegar los pies de plomo del gigante". Pero
Quisbert no desmayó y las anécdotas comenzaron a acumularse.
Años después, luego de culminar el recorrido del Gran Poder,
civiles armados esperaron al boxeador de más de dos metros de altura.
"Asustado estaba el Tataque y comenzó a llorar pensando que
lo iban a matar. Yo exigí acompañarlo en la furgoneta que
nos llevó con nuestros trajes al Palacio de Gobierno". Allí,
"el presidente Hugo Banzer, que lo había visto desde el palco
de honor de la entrada, pidió que el 'Tataque' pasara a ser su guardaespaldas",
narra Estrada.
Más que una simple moda
A partir de 1977, la fiesta del Gran Poder contó con la inclusión
de nuevos grupos de caporales, conformados por los antiguos integrantes
de la Fraternidad Urus. Nacieron así los grupos de los hermanos Escalier,
Chuquiago Producción y Bolivia Joven 77, entre otros. Desde entonces
se incluyeron guarachas en las mangas de las blusas, los pasos se fueron
incrementando y la indumentaria comenzó a ser estilizada cada año.
El salto definitivo de la danza de los caporales, además de la presentación
del baile en el carnaval de Oruro, fue en los años 80 durante la
entrada universitaria. Entonces, un grupo de jóvenes de la Universidad
Católica Boliviana se propuso investigar y bailar la danza. "El
resto es historia", concluye Víctor Estrada, quien debido a
su grave enfermedad sólo puede observar desde las graderías
a la nueva generación de Urus, pues dos veces por semana el mayor
de los hermanos Estrada se somete a hemodiálisis en el Hospital General.
El folklorista, que el 2001 recibió un diploma del municipio de La
Paz "por su aporte a la cultura paceña con la creación
de la danza de los caporales", no cuenta con apoyo estatal ni un seguro
médico.
"Gastamos alrededor de 350 bolivianos en cada sesión, lo que
incluye el material para realizarlo", sostiene Carmen, la esposa de
Estrada, y en su rostro se dibuja la desesperanza al corroborar que los
gastos obligaron a la pareja a poner su casa de toda la vida en venta.
Hoy, varias iniciativas se anuncian para apoyar a Víctor Estrada,
pero para el artista la mejor contribución es que las actuales fraternidades
de caporales en el país no olviden el origen de la danza.
Ese es igual el objetivo de la Organización Boliviana de Defensa
del Folklore, que está organizando para el 4 de diciembre el encuentro
de 5.000 caporales para incluir la danza en el Guinness de los Récords.